INFATIGABLE LUCHA en defensa de la libertad comunitaria.
RESTAURACIÓN DEL PUEBLO (V)
Cuatrocientos años de catolicismo habían destrozado la existencia individual y colectiva de los huayaucinos. Nuestra vida carecía de sentido, nuestro destino era incierto. Además de estar reducidos a la extrema pobreza, padecíamos marginación, aislamiento, analfabetismo, desesperanza y olvido por parte de los gobernantes.
Nuestro cotidiano vivir era rutinario, monótono, conformista, descuidado, supersticioso e inclinado al ocultismo. Campeaba el desorden sexual, el alcoholismo, el excesivo consumo de coca y tabaquismo. Vivíamos sumidos en peleas, resentimientos y rencores, lo cual nos condijo a interminables pleitos, así como a prácticas intensivas de adivinación y hechicería.
Estábamos embrutecidos y, a marcha forzada, nos dirigíamos al envilecimiento y degradación total. Nuestra población albergaba entre sus integrantes a un elevado porcentaje de discapacitados: Locos, retrasados mentales, mongólicos, mudos, paralíticos, a los que debimos sumar otros prójimos que padecían malformaciones físicas y psicológicas.
En un pueblo, como el nuestro, donde carecíamos de asistencia médica, estas manifestaciones patológicas llegaron a ser realmente preocupantes, puesto que nos amenazaban con la extinción total de nuestra esperanza de vida futura.
Consciente de la pesada herencia dejada por el catolicismo, la flamante Iglesia Evangélica Betania, asumió la responsabilidad misionera de darle una fisonomía nueva a su flamante comunidad cristiana. Su primer plan de actividades tuvo que garantizar la restauración total de la salud física, psicológica y moral de la población.
Inspirada en 2º Corintios 5:17, toda la Iglesia difundió y practicó la doctrina del nuevo nacimiento. Cada cristiano fue considerado nueva criatura; como tal, debió cambiar de actitud, dejando atrás sus viejas formas de vivir.
Cada hermano se obligó a examinarse asimismo y limpiar su cuerpo, alma y espíritu, porque todo ello es un templo donde habita el Creador. Se impuso el deber de mirar su casa y ordenarla, porque ella es un lugar bendecido por el Altísimo, como morada de sus seres más queridos. Sintió la necesidad de contemplar su pueblo y organizarlo, porque ése es el centro designado como escenario, para la realización de los propósitos de Dios respecto de los hombres.
Se enseñó igualmente a pensar en el cielo, como la justa recompensa de todo cristiano, por su obediencia a la voluntad del Divino Hacedor; y en el infierno, lugar de infinitos sufrimientos preparado para todos aquellos que se apartan de los pensamientos y caminos del Señor todo poderoso.
La nueva criatura, varón o mujer, debía amar a Dios con todas sus fuerzas, con toda su mente y con todo su corazón, y a su prójimo como asimismo. Esto implicaba incluso amar y orar por los enemigos.
Esta nueva forma de vida estaba llena de luz, conocimiento, esperanza, optimismo, paz, justicia, desarrollo y fraternidad.
En poco tiempo esta sana doctrina restauró por completo la vida de la comunidad. La gente cambió su manera de pensar y actuar.
Empezaron por administrar inteligentemente su economía familiar, se alfabetizaron los mayores y se educó integralmente a los niños y adolescentes. Esto determinó el cultivo de nuevos hábitos. A la higiene corporal le siguió el cuidado de la limpieza en el vestir.
Se propició la reconciliación de todos los miembros de la comunidad. Se restañaron viejas heridas, se perdonaron antiguas ofensas, se olvidaron los rencores, se unificó a la población, se fomentó la solidaridad. Se puso en práctica el viejo precepto precolombino: “Uno para todos y todos para uno”.
Como ya no se gastaba el dinero en vicios, empezó la modernización de las casas, las cuales pasaron a ser de dos plantas, completadas con rojos tejados en vez de los tradicionales grises y precarios techos de paja.
Con mucho fervor cristiano se construyó el primer templo de la Iglesia Betania, el primer local de la Escuela Primaria Fiscal Mixta Nº 2857, y, lo que es más importante aún, la primera central hidroeléctrica, que iluminó, por un tiempo, los cultos nocturnos de los huayaucinos.
Los misioneros trajeron instrumentos musicales, como guitarras, violines, mandolinas, guitarrones, trompetas, saxofones, etc. La creatividad de nuestra gente hizo aparecer bombos, tambores y platillos.
Los jóvenes iban a las ciudades de la Costa y regresaban portando novedades positivas. Aparecieron las linternas de mano a pilas, las máquinas de escribir, los radio receptores, en fin se respiraba un aire cargado de cultura y tecnología innovadora.
Los niños fueron terminando su educación primaria, los jóvenes, la secundaria. Algunos ingresaban a las universidades y, al cabo de algunos años, fueron convirtiéndose en profesionales.
En los alrededores se habló mucho de esta gran transformación. Los propios huayaucinos, convertidos en verdaderos líderes, contaron sus aleccionadores testimonios. El Evangelio creció. Muchas almas se acercaron a los pies de Cristo. Desde 1946 Huayaucito ha sido internacionalmente reconocido como Pueblo Cristiano y Misionero.
La restauración operada en el ayer, es una bendición para la presente generación. Exhibámosla y mejorémosla. Nuestros hijos y nuestros nietos la necesitarán en el futro.
Esta milagrosa restauración debe ser transmitida con responsabilidad y amor cristiano a toda nuestra descendencia. Cuéntala tú mismo. ¡Empieza ya!.
DEFINICIÓN PENTECOSTAL (IV)
Una vez que todo el pueblo de Huayaucito se convirtió al evangelio, vino la necesidad de enseñar la doctrina con el fin de consolidar la nueva fe y echar los cimientos de un pueblo verdaderamente regenerado. Para ello se requería de pastores, maestros, evangelistas, misioneros y profetas. ¿Dónde buscarlos? ¿Dónde hallarlos?
Hasta ese momento, los huayaucinos habían conocido hermanos de tres diferentes Iglesias: Asambleas de Dios del Perú, Evangélica Peruana y Adventista, pero no pertenecían a ninguna de ellas. Practicaban un evangelio básico, genérico, fundamental y puro. Su incipiente nivel de conversión no les permitía hacer distingos denominacionales. Todos eran hermanos, y eso era lo que realmente importaba.
Ya hemos dejado apuntado también que los hermanos de las Asambleas y los de la Peruana habían aportaron más a la evangelización del pueblo. Los huayaucinos, ingenuamente, querían seguir tratando con ambas organizaciones en el futuro. Sentían pena desligarse de una de ellas.
1947 fue un año de intensa labor evangelizadora. Se acordó organizar la primera Convención Evangélica de Pataz. Huayaucito fue escogido como sede del certamen.
Luego de un año de preparación, la Convención se realizó el mes de setiembre de 1948, con el nombre de Presviterio Evangélico de la Provincia de Pataz. Tanto las Asambleas de Dios como la Peruana pusieron, cada una, lo mejor de su parte.
El Presviterio fue significativamente exitoso, los participantes volvieron fortalecidos a cada una de sus respectivos pueblos de origen, con el ferviente deseo de seguir expandiendo el reino de Dios en sus correspondientes lugares de origen.
Los huayaucinos, en esa ocasión, tuvieron que decidir, de una vez por todas, con cuál de las dos organizaciones, las Asambleas de Dios o la Peruana, deberían trabajar en adelante.
La decisión fue difícil. Los huayaucinos se sentían parte de las dos. Emulaban, amaban y respetaban a los hermanos de ambas organizaciones. Lloraron al saber que una de ellas tendría que separarse. ¿Con cuál quedarse? La elección fue muy reñida.
Pedro Gadea, ya para entonces convertido en Pastor, pronunció un emotivo y vibrante discurso:
-- “El Evangelio es uno solo – dijo – igual que la vida de la plantas, los animales y los hombres. Nosotros sembramos, cultivamos, criamos y protegemos; pero Dios, en su infinito poder, hace crecer, madurar y fructificar la simiente”.
“Las iglesias son grandes familias de hombres; la doctrina es la semilla y los pueblos son los campos de cultivo y pastoreo”.
“Pero ¿A quién pertenece la cosecha? ¿A la familia que ha sembrado, regado, criado y cultivado? ¿O a la que solo ha ayudado a trabajar? Naturalmente que a la primera”.
“Todos ustedes saben quién soy, y no me conocen de ayer, sino de años. La primera vez que vine, me botaron a palos. Pero eso no me amedrentó y volví y sembré, y regué, y crié y cultivé. Yo soy un soldado de Cristo, pero no he sido el único que he venido, sino que vinieron otros hermanos de las Asambleas de Dios, organización a la que pertenezco, para visitarlos y atenderlos permanentemente”.
“Los hermanos de la Peruana, generosamente nos han ayudado. No menospreciamos su labor de apoyo. Pero este campo es mío y, con la bendición del altísimo, de aquí no me muevo”.
Juan Chamorro, líder provincial de la Iglesia Evangélica Peruana, reconoció el trabajo de los hermanos de las Asambleas de Dios del Perú, y le dio la razón a Gadea. --- “El evangelio es uno solo, su fin sustancial es servir a Dios. Tenemos que ir por el mundo y predicar. Hay muchos campos blancos. Nosotros iremos en busca de ellos. Llevamos un grato recuerdo de los hermanos de Huayaucito, siempre estarán en nuestros corazones. Sigan adelante, no desmayen, no renuncien a la fe en nuestro Señor Jesucristo. Muchas gracias por su hospitalidad. Que Dios les siga bendiciendo”.
Esto, como es natural, facilitó las cosas. Desde entonces Huayaucito se quedó bajo la jurisdicción eclesiástica de las Asambleas de Dios del Perú.
A los 66 años de este gran acontecimiento, es aleccionador recordarlo en sus detalles y motivaciones.
HISTÓRICA CONVERSIÓN (III)
Tal como vimos en el capítulo que antecede, la luz del dinámico y progresista evangelio se abría paso, combatiendo palmo a palmo, con el oscurantismo y la ignorancia cuidadosamente mantenidos por el clero católico. La lucha fue dura y tenaz.
Los promotores del evangelio tenían a su favor, el carácter regenerador de su credo. Lo demostraba la obra cultural que habían realizado en bien de su pueblo. Los logros estaban a la vista. La gente veía, pensaba, leía y actuaba con otro mentalidad, con otro criterio, sin temores, sin ataduras, más libres y más seguros de sí mismos.
Los católicos, por su parte, defendían las antiguas costumbres de sus abuelos, los ritos fetichistas aprendidos de sus sacerdotes, así como el pasivo conformismo antiprogresista en que vivían sus familias. Les resultaba difícil justificar su propósito de conservar el atraso. Solo atinaban a decir que es malo cambiar las costumbres, la religión y la vida.
A las 12.50 horas del 10 de noviembre de 1946, se produjo un terremoto de 7.2 en la escala de Richter, cuyo epicentro fue ubicado a 1 ½ Km de Quiches. Sus efectos abarcaron las provincias serranas de Ancash y la Libertad.
Desde Huayaucito se vio toda la banda del Marañón envuelta en una gran capa de polvo rojizo.
-- ¡Se prendió Quiches! -- gritaban, creyendo que se trataba de un gran incendio o, en su defecto, de una lluvia de fuego que caía sobre ese lugar.
Era día domingo, los evangélicos se hallaban reunidos en la casa de Don Filomeno Benites Liñán, participando de la Escuela Dominical. No se movieron de allí. A partir de ese momento, empezaron a dar gracias a Dios por haberlos librado de la muerte. Habían sobrevivido a un gran movimiento telúrico.
Lejos de asustarse, empezaron a explicar el suceso, afirmando que todos estos eventos de la naturaleza, estaban predichos en las sagradas escrituras. Cerca del fin del mundo, vendrían hambrunas, terremotos, guerras y todo tipo de destrucción, a causa de los nuemerosos y vergonzantes pecados que el hombre comete a lo largo de su existencia.
¿Qué hacer frente a todo esto? Arrepentirnos de nuestras malas obras, cambiar de vida, amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestrso prójimos como a nosotros mismos.
Las réplicas del terremoto siguieron por espacio de 15 días. Al final de este corto lapso, sin saber con precisión cuándo ni cómo, todo Huayaucito se había convertido al evangelio.
Después supimos que los defensores de la tradición católica, al no recibir ningún tipo de apoyo espiritual de sus dirigentes, creían que el terremoto era el justo castigo de Dios a causa de la degeneración de las costumbres del pueblo promovida por los evangelistas.
Creyendo cumplir la voluntad divina, se armaron y dirigieron a matar a esos herejes. Pero al encontrarlos reunidos, orando, cantando, intercediendo por todo el pueblo, inclusive por ellos, se extrañaron, calmaron su ira, por curiosidad se quedaron escuchando y, cuando fueron invitados cortésmente a sentarse, aceptaron la invitación. Así se dieron cuenta que no eran sus enemigos. Por el contrario, eran sus hermanos. se arrodillaron y dieron gracias a Dios.
Muchos testimonios posteriores, han informado sobre las experiencias personales que les tocó vivir en este corto pero decisivo periodo de la historia huayaucina.
CAMINO, VERDAD Y VIDA (II)
Los huayaucinos, como todos los peruanos, fuimos obligados a vivir conforme a las costumbres, usanzas, leyes, idioma y creencias españolas a partir de 1532. El virreinato nos prohibió profesar la religión de nuestros antepasados. La consideraban herética, pagana y diabólica. Nos castigaban con penas muy severas por su práctica, encargándose del juzgamiento y sanciones a los tristemente célebres tribunales del Santo Oficio, más conocidos como la Santa Inquisición.
La república mantuvo esta prohibición respecto del Evangelio y otros credos. Recién el 11 de noviembre de 1915, se reformó la Constitución, suprimiéndose el impedimento de abrazar otras confesiones en nuestra patria. Las constituciones posteriores continuaron, extendiendo gradualmente la libertad de culto.
Llevábamos 410 años de catolicismo ¿Qué aprendimos en todo ese tiempo? ¡Nada! ¡Absolutamente nada!. Nuestra vida transcurría en la más completa oscuridad, ignorancia, marginación, pobreza y desesperanza.
El mes de abril de 1942, llegó al pueblo un vendedor de biblias y literatura evangélica. Respondía al nombre de Felipe Váquez, estaba afiliado a la Iglesia adventista y procedía de Cajamarca. Gracias a él supimos, por primera vez, de la existencia de otras creencias religiosas que orientaban la vida de millones de seres humanos en el mundo.
En agosto de ese mismo año pasó por Huayaucito un estudiante del Instituto Bíblico de Lima. Se hallaba por la zona en gira de prácticas pastorales. Él nos informó, entre otras cosas, que, además de los adventistas, existía también la Iglesia de las Asambleas de Dios del Perú.
Un año más tarde arribaron a Huayaucito los hermanos Grimaldo, Carmen y Pedro Gadea. Eran naturales de Colpabamba y residían en Chilia. Estudiaban en el Instituto Bíblico de las Asambleas de Dios del Perú, con sede en Lima, querían efectuar sus prácticas en la prédica del Evangelio. El pueblo no los recibió, los expulsó violentamente en medio de gritos y maldiciones.
La gente tenía miedo de que estos forasteros subvertieran sus costumbres y tradiciones, atrayendo el castigo de las imágenes protectoras, santos y vírgenes que se hallaban entronizados en el viejo templo parroquial de Huayaucito.
Los hermanos Gadea persistieron en su intento. Oraban y ayunaban por esta comunidad. Desde Chilia se esforzaban por ganar amigos y simpatizantes. Cuando en 1944 regresaron, encontraron menos hostilidades que el año anterior.
De modo más amigable y fraterno, conversaron con la gente del lugar, empezando por el maestro de escuela, Don Ismael Baltazar; con el Sacristán de la Iglesia católica, Don Pánfilo Noriega Morales; con el Teniente Gobernador, Don Sacramento Mendieta Domínguez y con el Agente Municipal, Don Filomeno Benites Liñán.
Su mensaje era sumamente sencillo. “Dios nos ama a todos, sin importarle cuan malos hayamos podido ser en el pasado, ni las maldades que pudiéramos haber cometido. Su perdón es absoluto; su bondad, infinita. Él tiene un propósito para cada uno de nosotros. Convertirnos en luz para alumbrar a nuestros hermanos que aún siguen andando en tinieblas; convertirnos en sal para dar sabor agradable a la existencia de los seres humanos aquí en esta tierra. ¿Qué debemos hacer? Solo una cosa: Dejar de vivir como antes y empezar a vivir como Cristo nos enseñó que vivamos, amando a Dios sobre todas las cosas y a nuestros prójimos como a nosotros mismos. Había que nacer de nuevo y vivir como gente nueva, haciendo grandes, agradables y hermosos a nuestros pueblos, para que sirva de ejemplo a todos aquellos que la rodean.
La gente se maravillaba al escucharlos. Querían saber más y preguntaban cómo podrían adquirir más conocimiento sobre estas cosas. “Nosotros no estamos inventando nada. Todo está escrito en este libro”, decían los predicadores mostrando la biblia. “Ustedes tienen este libro. Pero de repente nunca lo han leído, y quienes están obligados a enseñar lo que contiene, no lo hacen. Ha llegado pues el momento en que cada cual debe leer y se enterarse por sí mismo lo que ordenan las sagradas escrituras”.
El sacristán de la Iglesia trajo la biblia católica y pidió que se cotejara con la evangélica. Se constató que ambas contenían las mismas enseñanzas. “¿Por qué nunca nadie nos habló de esto?”, se preguntaban.
Algunos jóvenes se dirigieron al párroco, para preguntarle cómo deberían actuar frente a estas prédicas que amenazan convencer a toda la población. Lejos de comprender la sana intención de estos muchachos, el sacerdote se negó a recibirles, los insultó, los echó fuera de su parroquia, afirmando que ellos ya estaban contaminados con la herejía protestante.
Ante tan ingratas circunstancias, los inquietos jóvenes volvieron al pueblo y se entregaron de lleno al Evangelio. Allí encontraron el amor y la comprensión que la trasnochada iglesia católica fue incapaz de prodigarles.
Muchos pobladores querían tener la biblia y la obtenían de obsequio. La llevaban a sus casas, querían leerla pero no podían. Ni la Iglesia ni el Estado les habían enseñado a leer y escribir. Frente a este obstáculo, los predicadores tuvieron que organizar verdaderas campañas de alfabetización, procurando que, aquellos hermanos que aprendieran más rápido, ayudaran a quienes lo hacían de modo más lento.
Los huayaucinos de esa generación empezaron a leer deletreando en sus propia biblias y a cantar himnos solfeando en sus propios himnarios.
Pero lo que más les encantaba era el saber que se podía hablar con Dios en forma directa, mediante oraciones sencillas, utilizando sus propias palabras, para contarle y pedirle lo que les fuere menester, tal como si se hablara con una persona que está frente a uno.
Se podía adorarle, alabarle y estar en comunicación personal con Él, en todo instante y en cualquier lugar. No se requería de ningún intermediario, ni de la vana repetición de interminables rezos.
Esta nueva forma de cristianismo era la luz que empezaba a brillar como el Sol matutino, después de una prolongada noche de cuatro centurias.
He aquí las primeras razones que explican el por qué Huayaucito amó entrañablemente al Evangelio y, empezando por casa, lo difundió con febril entusiasmo misionero.
1945 fue crucial para nuestro pueblo. La mitad de la población se había convertido al nuevo credo. Se celebraba cultos dominicales diurnos al aire libre y nocturnos en los hogares, implementándose un activo trabajo de grupos familiares.
En algunas oportunidades se hicieron cultos evangélicos en el mismo tempo católico. El sacerdote denunció este hecho. Varios hermanos fueron encarcelados por supuesta profanación, herejía y sacrilegio. Dios les ayudó. Los cargos no pudieron ser probados. Fueron absueltos y dejados en libertad.
Espiritualmente fuimos guiados por los hermanos de la Iglesia Evangélica Peruana, así como los de las Asambleas de Dios del Perú. De ambas organizaciones recibimos constantes visitas y las más sabias orientaciones eclesiásticas. De esta manera se fortaleció nuestra fe en el Señor Jesucrsto.
1946 halló dividido a Huayaucito. Varios católicos se propusieron terminar con el protestantismo. Los hermanos evangélicos, por su parte, pretendían seguir ganando ganado almas para Cristo. Había pues una fuerte colisión entre ambas fracciones. Alguien debería restaurar la unidad. Todo parecía indicar que, tanto el sacerdote como los predicadores, nada podían hacer. Solo Dios pudo. Y lo hizo.
¿QUÉ NOS DEJÓ EL CATOLICISMO? (I)
Hasta el año de 1942, Huayaucito fue una arcaica comunidad indígena. Profesaba la religión católica. Eclesiásticamente dependía de la parroquia de Chilia, cuyo sacerdote era un cura ecuatoriano de nombre Manuel Mesías Romero.
Había un templo muy bien construido, con púlpito, bancas y decoración esmerada. Era el adoratorio central de la Hondonada Cajas Marañón, por cuya razón estaba repleto de imágenes de santos y santas, a los cuales se les atribuía virtudes sobrenaturales y fantasiosas.
Al lado del templo se erguía una torre en cuyos altos colgaba una pequeña campana, a la que se creía la más sonora de la comarca. Con ella se convocaba a diversos tipos de reuniones comunales.
En el extremo norte de la plaza se levantaba una habitación grande llamada "El convento", que servía para almacenar los vestuarios y utensilios sacerdotales, Era la casa parroquial.
Entre la iglesia y el convento estaba ubicada la plaza. Ésta era una pampa de regular tamaño, que servía como escenario para celebrar las distintas ceremonias oficiales de la comunidad. Más tarde sería nuestro escenario deportivo.
Desde tiempos coloniales el pueblo estuvo encomendado a la "Virgen de la Chinquinquirá". Su fiesta patronal se celebraba el 29 de diciembre de cada año, con mucha devoción y religiosidad.
Desde tiempos prehispánicos la población estuvo dedicada a la agricultura y ganadería de subsistencia, aunque algunos comuneros iban a Pataz, Piás o Parcoy, lugares en donde se ocupaban extrayendo minerales, oro y plata, preferentemente.
Los huayaucinos eran formalmente libres. Pese a que su pueblo estaba rodeado por las haciendas de Floresta, Colmena, Bambas y Chinchopata, no consintieron jamás el dominio de los hacendados. Excepcionalmente realizaban trabajos gratuitos en compensación del pastoreo y/o el acopio de leña que se efectuaba en los predios de los terratenientes.
Salvo rarísimas excepciones, los comuneros de huayaucito, en su inmensa mayoría, eran analfabetos, no sabían leer ni escribir.
Tenían verdaderas ansias de aprender a dibujar su nombre y su rúbrica, o sea de saber firmar. Querían que sus hijos aprendieran a leer para que puedan valerse por sí mismos, y si tuvieran suerte, llegar a ser cantores, rezadores, catequistas o sacristanes.
Los niños de aquel tiempo eran enviados a los catequistas para que los alfabetizaran. Tenían este oficio: Don Pánfilo Noriega, Ismael Baltazar, Natividad Otiniano, Guillermo Durand y un anciano de apellido Lozano.
Las casas, generalmente, eran de una sola habitación, oscura, sin ventanas, con puerta de una sola hoja; no había ventilación ni salubridad. En este hermético recinto se dormía, comía, guardaba la ropa, la comida, las herramientas de trabajo y todos los bines de la familia.
La cocina era una quincha de chamiza, que protegía del viento al fogón. Estaba situada a un extremo del corredor. Este corredor hacía las veces de sala comedor, puesto que allí se reunía la familia para tomar sus alimentos, conversar, celebrar, en fin, compartir penas y alegrías.
Estas pequeñas casas servían también de granjas para aves y animales menores, así como de establo para los animales mayores.
La vida de nuestros padres, se desenvolvía en una atmósfera oscura, pobre, estancada, encerrada entre cerros y sin esperanza de cambios positivos para nadie.
En tales circunstancias económicas, sociales y culturales deprimentes, la fiesta patronal era la única oportunidad anual de ver gente; tuvo que ser un acontecimiento religioso verdaderamente significativo; la presencia del sacerdote, un realce importante; la llegada de los "costeños", una alegría incomparable.
La fiesta se celebraba con gran entusiasmo. Se comía en abundancia, se bebía con largueza, se bailaba con euforia. Más tarde, a consecuencia de la excesiva ingesta de alcohol, se peleaba con fiereza, se lesionaba al prójimo, y, a veces, hasta se mataba.
Pasadas las fiestas, llegaban los pleitos, rencores, resentimientos. En medio de esta triste realidad, ¿Podría haber esperanzas de desarrollo, cultura y avance para el pueblo y su gente?. Realmente ninguna.
Así vivieron nuestros padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos. Así vivieron cientos de años nuestros antepasados. Por eso no progresábamos. Por eso permanecíamos enredados en la maraña de nuestros problemas domésticos, caseros e insignificantes.
Alguien debería terminar con este nebuloso sistema de vida. Ese alguien llegó el mes de abril de 1942.
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